Dejar la vida en la canción

Usuária de drogas, colecionadora de vexames, responsável pela venda dos principais tablóides do mundo quando traziam uma foto sua na capa em estado deplorável. Era assim que Amy Winehouse, que morreu sábado, dia 23 de julho, aos 27 anos em Londres, era e continua sendo taxada por muitos, inclusive por quem se diz “seu público”.

Também nao aprovo suas atitudes, mas independente das escolhas que ela fez para a sua vida, e que nao cabe a mim julgá-las, por trás de tudo isso estava um ser humano, que mais do que fragilidades – coisa que todos temos – soube dar à música uma contribuiçao e uma rica transformaçao, como poucos. Mas infelizmente, a morte de Amy e todas as piadas que leio a respeito, só me provam que em muitos casos, as pessoas só enxergam nossos defeitos e problemas e raramente percebem o bem que fazemos independente da dor que carregamos.

Sempre admirei sua voz. Era única! Sem contar a mistura, para mim perfeita, de soul e jazz, meus estilos favoritos. Amy esteve presente em momentos muito bons da minha vida, inclusive, no meu relacionamento atual, mas também naqueles em que eu precisava acreditar na superaçao, e talvez para estes, suas músicas fizeram ainda mais sentido. E essa é uma das coisas, que como cantora, creio ser uma das melhores gratificaçoes que a música nos devolve: impactar vidas, em qualquer parte do mundo, com uma melodia que nasceu no coraçao de quem a cantou e precisou antes de todo mundo, acreditar nela.

No metrô de Santiago, enquanto ía para minha aula de espanhol, lia o jornal que também falava de sua lamentável morte e gostei muito do que Maurício Jürgensen, jornalista e crítico especializado em música popular, escreveu. Divido com vocês:

Amy Winehouse

“Quizás no tuvo el temperamento ni la calma. Pero nadie, ni siquiera los más morbosos con su derrumbe físico y emocional, podrían discutir algo que, de seguro, será una verdad absoluta de aquí en adelante: que Amy Winehouse fue lejos la más talentosa de su generación.

La trágica heroína del soul inglés debutó a los 19 años de edad con Frank (2003), un disco del que pocos se enteraron en su época, pero que ya alertaba sobre la aparición de un talento inusual para la historia reciente del pop británico. Por su estilo sofisticado y negroide, y esa mezcla de soul de la Motown y jazz de salón, se ganó comparaciones con Nina Simone y Erykah Badu y bastaba un breve repaso por canciones como In my bed o Help yourself para aquilatar la distancia que tempranamente tomaba de nombres como Joss Stone o Corine Bailey Rae, hasta entonces, las dos niñas mimadas del “neo soul” inglés.

Pero aunque impecable de factura y de buen rendimiento comercial, a Frank le faltaba voz propia y un par de canciones memorables. Y fue precisamente eso lo que abundaba en Back to black (2006), un disco que, situado en los días en que estaba de moda el revisionismo musical, supo encontrar identidad y no ser sólo una bien manufacturada réplica de época.

Habían corrido sólo tres años, pero esta era otra mujer. Y no sólo por el moño exagerado, el exceso de maquillaje y una delgadez que ya a esa altura resultaba inquietante: Amy Winehouse ya había entendido que el soul se canta, precisamente, con alma y que las cuitas personales deben ser parte del repertorio cuando lo que se busca es la posteridad. En Back to black apareció la Winehouse que será difícil de olvidar: una cantante más preocupada del fondo que de la forma (incluso, tomando en cuenta que este disco era una joya quirúrgica del sonido clásico del soul, gracias al productor Mark Ronson) y más interesada de las sutilezas que del género que la amparaba. En breve, más madura.

Rehab fue el primer sencillo y resumía la cruel ironía personal que terminaría quitándole la vida, pero allí también aparecían joyas como Love is a losing game y Tears dry on their own. Fue aquí que Winehouse entendió que la gracia no era cantar como vieja ni sonar como negra: sino más bien dejar la vida en cada canción. Un lema que ayer se escribió de manera literal.”

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